
El estuario del río Miñor es testigo de un encuentro equilibrado entre el patrimonio natural y el patrimonio cultural y arquitectónico. La Naturaleza conformó en esta desembocadura una marisma de extraordinaria belleza en la que se intercambian las mareas con la bajada fluvial y se hacían rituales de fecundidad. El patrimonio hecho por el hombre es el puente de A Ramallosa, con un grado de conservación extraordinario, ubicado en el límite en el que Nigrán pierde su nombre en favor de Baiona y Gondomar. Es necesario decir, de entrada, que el nombre popularmente extendido de "puente romano" es un error: es una obra del siglo XIII, del Románico tardío, incluso comienzos del Gótico.
Está conformada con arcos de medio punto ojivales, diez en total, bajo los que pasan las mareas más vivas del Atlántico quitando fuerza al río. El paso por el puente formaba parte de un camino medieval que durante tiempo se confundió con una vía romana. Era un camino fundamental que enlazaba Tui -importante capital religiosa- con las villas costeras del Baiona y Oia, en donde se asentaba el monasterio cisterciense del siglo XII, una visita obligada. No podía faltar en el puente la presencia de un cruceiro, en esta ocasión dedicado a San Telmo, patrón de los mareantes.